La primera vez que llegué a un círculo no conocía a nadie y me quedé un rato en la puerta sin entrar. Traía muchas ganas de estar ahí y, al mismo tiempo, ganas de darme la vuelta.

Me senté en una silla de la orilla. Miré las manos de las demás. Escuché sin hablar. Poco a poco sentí que mi respiración se asentaba y que mi divinidad interior me decía quedate un poco más.

Entrar sola también da nervios

Te lo cuento porque muchas me escriben lo mismo antes de venir. Quiero ir, pero me da pena llorar delante de otras. No sé si voy a encajar. No sé si tengo que hablar.

No tienes que hacer nada de eso para pertenecer. En un encuentro nadie te pide que te presentes con tu historia completa. Basta con que llegues como vienes, con tu cansancio o con tu intuición a medias. Aquí acompañamos, no examinamos.

Al principio solo se mira

Cuando amasas por primera vez, primero miras. Miras cómo la otra hunde los dedos, cómo deja reposar, cómo vuelve a tocar. No metes las manos todavía. Aprendes con los ojos.

En los talleres de crecimiento personal pasa igual. La primera hora muchas solo escuchan. Escuchan una lectura, una respiración guiada, una palabra que otra comparte. Y sin darse cuenta, algo dentro se ablanda como masa que entra en calor.

Yo no te voy a pedir que hables si no quieres. Puedes escribir en tu libreta. Puedes cerrar los ojos. Puedes solo estar. Tu potencial propio se despierta también mirando.

Luego metes tus manos

Hay un momento en que la masa pide tus manos. Ya viste, ya oliste, ya sientes curiosidad. Metes un dedo, luego la palma. Sientes la textura de lo que estás viviendo.

En el círculo ese momento llega solo. Un día compartes una frase corta. Otro día haces una pregunta. Otro día te animas a contar eso que traías guardado. Nadie aplaude ni corrige. Solo sostenemos.

Lo que se comparte ahí se queda ahí. Esa confianza permite que la sanación ocurra sin prisa. No prometo que salgas con todo resuelto. Te invito a salir con un poco más de conexión contigo.

Lo que amasamos juntas

Cada encuentro tiene su ritmo. Empezamos aquietando el cuerpo. Seguimos con una reflexión corta que abre el propósito del día. Después hay un espacio para escribir, para respirar, para escucharnos.

A veces trabajamos el bienestar desde el cuerpo. A veces desde la palabra. A veces desde el silencio. Mezclo con naturalidad lo que he aprendido en psicología, en espiritualidad y en atención plena, porque así entiendo el camino: todo junto, como en la vida.

Al final no te llevas tarea. Te llevas una hebra de ti. Una imagen, una frase, una calma pequeña que puedes cuidar en casa.

Si aún dudas, ven así

Si te da nervios venir sola, ven con tu duda. Siéntate en la orilla como me senté yo. Trae tu libreta y tu chal. No necesitas ropa especial ni experiencia previa.

Muchas llegan pensando que vienen a aprender y descubren que vienen a recordarse. A volver a su abundancia interior, a su bienestar olvidado entre pendientes.

Y si antes quieres leerme en privado, puedes empezar por mi libro, que nació de mis propias experiencias de vida. Léelo despacio, subraya lo que te toque. Cuando quieras, el círculo te espera para amasar juntas lo que sigue.

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