Yo pensaba que la cábala no era para mí. Me tardé mucho en admitir que solo era miedo a no entender nada.
No me faltaba fe. Me faltaba quien me la contara en palabras sencillas, sin solemnidad y sin examen.
Te lo cuento porque quizá a ti te pasa lo mismo. Escuchas la palabra cábala y piensas en algo lejano, en libros gruesos, en un idioma que no hablas, en gente muy estudiada. Yo también pensaba eso antes de acercarme, y me perdía lo esencial por quedarme en la forma.
Si lo que quieres es una cábala para principiantes, empieza por aquí: no es una religión ni una teoría para memorizar. Para mí ha sido un camino para escuchar a mi divinidad interior y hacerme responsable de lo que sí puedo cambiar.
Lo que yo imaginaba y lo que fui encontrando
Yo llegué a la cábala por curiosidad, no por certeza. Era psicoterapeuta, mamá, mujer de fe, y aun así sentía que me faltaba un mapa para esos días en que todo está bien por fuera y revuelto por dentro.
Lo primero que se me cayó fue la idea de que había que entenderlo todo antes de empezar. En el Centro lo explico como una cábala para principiantes, con ejemplos de la casa, del trabajo y de la familia, porque es ahí donde se juega la sanación, no en el pizarrón.
La cábala, como yo la vivo y la comparto, no te pide que creas en algo ajeno. Te invita a mirar tu potencial propio con más honestidad. A reconocer dónde reaccionas en automático, dónde te achicas, dónde pides menos de lo que necesitas.
Recuerdo una tarde en el Centro. Una mujer me dijo, casi en susurro: “yo no soy espiritual”. Había llegado tensa, con la bolsa apretada contra el cuerpo. Hicimos una pausa breve, una respiración consciente, y le pregunté qué le pesaba esa semana. No hablamos de conceptos elevados. Hablamos de su hija adolescente, de la culpa por trabajar tanto, de las ganas de llorar sin motivo aparente. Al final me dijo: “si esto es cábala, entonces sí la entiendo”. Y tenía razón.
Lo que me ayuda en lo cotidiano
Con el tiempo fui quedándome con tres ideas que uso todos los días. Te las comparto como las comparto en persona, sin adornos.
1. Pausa antes de reaccionar. La cábala me enseñó que entre lo que pasa y lo que hago hay un espacio. Chiquito, pero mío. Cuando mi hijo me contesta mal o cuando algo en el trabajo me mueve, respiro y me pregunto: ¿qué parte de mí está hablando, el miedo o la conexión? No siempre lo logro, pero el simple hecho de preguntármelo me devuelve la elección.
2. Responsabilidad sin látigo. Hacerme cargo no es culparme. Es dejar de esperar que el otro cambie para yo estar en paz. Una mañana, atorada en el tráfico de Constituyentes, me descubrí reclamando en silencio por todo. Cambié la pregunta: ¿para qué me sirve este rato? Puse una meditación corta, acomodé mi intención del día. Llegué al mismo tráfico, pero llegué distinta.
3. Dar también es recibir. A veces andamos cortas de abundancia porque andamos cortas de apertura. Dar una palabra amable, escuchar sin interrumpir, agradecer lo que sí hay, me regresa al bienestar más rápido que cualquier queja. No hablo de dar hasta vaciarte. Hablo de dar desde un lugar lleno, aunque sea poquito.
Estas tres ideas se mezclan en mí con la psicología, con la metafísica y con el mindfulness. No las separo. Cuando acompaño, todo eso está en el cuarto al mismo tiempo, sosteniendo.
Por dónde empezar si te resuena
No necesitas saber hebreo ni historia para acercarte a esta cábala para principiantes, solo ganas de mirarte con honestidad y un ratito de silencio al día.
Yo empiezo mis mañanas con algo muy simple. Antes de agarrar el teléfono, pongo las manos en el corazón y me pregunto: ¿qué quiero cuidar hoy en mí? A veces la respuesta es la paciencia. A veces es mi cuerpo. A veces es mi intuición, que llevo días sin oír por el ruido. Nombrarlo me da propósito para el día.
En la noche hago lo contrario. Repaso el día sin calificarme. ¿Dónde estuve presente? ¿Dónde me fui? ¿A quién lastimé sin querer, empezando por mí? No es un juicio. Es una forma de ir hilando conciencia, de darme cuenta de mis patrones sin asustarme.
Si te cuesta parar, no empieces con media hora. Empieza con tres respiraciones completas antes de comer. Siente el aire, siente los pies en el piso, siente el sabor. Esa presencia pequeña también es práctica espiritual. Y también es cuidado emocional.
Lo practicamos en los talleres de crecimiento personal con ejercicios muy aterrizados, porque nadie sostiene un cambio solo con una idea bonita. Necesitamos cuerpo, palabra y compañía. Necesitamos contarnos la verdad en voz alta y sentir que alguien nos escucha sin corregirnos.
La cábala me ha ayudado a confiar más en mi camino y a soltar la prisa por tener todo resuelto. Me recuerda que la luz no está solo en los momentos grandes. Está en cómo lavo los trastes cuando estoy enojada, en cómo pido perdón, en cómo vuelvo a empezar.
Si este tema te llama, tómalo como una invitación. Lee, pregunta, prueba una práctica una semana y observa qué se mueve en ti. Tu divinidad interior sabe el ritmo. Yo solo te acompaño a escucharla.