Mariana llegó a verme por un pleito con su madre. Venía molesta, con el teléfono todavía en la mano, y me contó casi sin respirar lo que le había dicho en la mañana, lo que ella le contestó, lo que le hubiera gustado contestarle. Quería saber si había hecho bien, si debía poner distancia, si tenía que hablarle otra vez para arreglarlo. Por fuera se veía un enojo muy claro, de esos que piden una respuesta rápida.
Lo que en realidad estaba pasando era más viejo y más cansado. Llevaba meses durmiendo a ratos, con un hijo que ya no la necesitaba igual, con su mamá más grande y más necesitada, con una casa que se le había quedado revuelta después de un cambio. No era solo esa llamada. Era el duelo de una etapa que se estaba terminando y que no había tenido dónde llorar. Cuando me dijo “dime tú qué hago”, entendí que no buscaba un consejo, buscaba un lugar donde poder escucharse.
Yo no te voy a decir qué hacer
Te cuento esto porque muchas mujeres llegan así, esperando que yo les dé la solución, y quiero decirte con cariño cómo trabajo. Yo no diagnostico ni te digo desde fuera lo que tienes que decidir. Te acompaño a que mires lo que sientes en el presente, a que le pongas nombre sin juzgarte, a que descubras tu potencial propio en medio de lo que estás viviendo.
Mi base es la psicoterapia Gestalt explicada en palabras sencillas: en lugar de irnos lejos al pasado o angustiarnos por el futuro, nos quedamos aquí, en lo que tu cuerpo siente, en lo que tu voz dice, en lo que se te mueve por dentro cuando cuentas algo. A eso le sumo mindfulness para respirar y aquietar la mente, y una mirada espiritual que me recuerda que hay una divinidad interior que te sostiene aunque hoy te sientas sola. No es terapia clínica, es acompañamiento emocional y espiritual para transitar un cambio.
Cómo se siente un acompañamiento por dentro
Con Mariana no empezamos por la mamá. Empezamos por su cansancio. Le pedí que cerrara los ojos, que pusiera las manos en el pecho, que notara dónde se le apretaba el enojo. Al principio le costó, porque su mente corría a justificarse. Poco a poco fue bajando la voz. Se dio cuenta de que debajo del coraje había tristeza, y debajo de la tristeza, culpa por sentir que no era suficiente para todos. Nombrarlo en voz alta, sin que yo la corrigiera, le dio mucho bienestar.
Algo que trabajamos mucho fue separar las voces de afuera de su intuición. Me decía que en la mañana abría el celular y antes de desayunar ya había leído mensajes de la familia, audios del trabajo y hasta las noticias de un periodico chiapas que sigue porque parte de su familia vive allá, y llegaba al mediodía saturada de opiniones. Le propuse un acuerdo sencillo: si iba a informarse, que fuera en un momento acotado, y que después hiciera una pausa de respiración para preguntarse qué era suyo y qué era ruido. Volver a ti también es elegir cuándo cerrar la puerta.
Lo que te puedes llevar a casa
Acompañar no es resolverte la vida en una sesión. Es crear una conexión donde tu sanación se va dando porque dejas de pelearte contigo. Si estás pasando por algo parecido, esto te puede servir:
- Escribe sin ordenar. Antes de pedir consejo, escribe lo que sientes tal cual sale. Muchas veces el propósito aparece cuando dejas de controlarlo.
- Ponle lugar al cuerpo. Pregúntate dónde sientes eso que cuentas: en la garganta, en el estómago, en los hombros. Respira ahí unos minutos.
- Dale tiempo a tu decisión. La intuición habla bajito. Si puedes, no decidas en el pico del enojo.
- Busca un espacio para ser escuchada. A veces una amiga sostiene, a veces necesitas un acompañamiento más constante.
Mariana se fue sin una instrucción sobre su mamá, pero se fue más ligera. En las semanas siguientes me contó que había podido hablar con ella desde otro lugar, sin tanta defensa. No porque yo le dijera qué palabras usar, sino porque había reconocido su duelo y ya no necesitaba que su mamá se lo calmara. Esa es para mí la abundancia de este trabajo: recuperar tu centro.
Si este relato te recordó a ti, puedes seguir explorando a tu ritmo. Hay mujeres que empiezan leyendo el libro de Liz Laniado en las noches, subrayando lo que les toca, y llegan después con preguntas más claras. Otras prefieren la fuerza del grupo y se animan a los talleres de crecimiento personal, donde se dan cuenta de que no son las únicas que atraviesan un cambio. Tú sabrás cuál es tu puerta de entrada.
Yo estoy aquí para acompañarte, no para apurarte. Si traes un enojo, lo miramos juntas. Si debajo hay tristeza, la abrazamos juntas. Y si descubres que lo que necesitas es otro tipo de apoyo clínico, también te lo diré con honestidad. Tu historia merece un espacio sereno donde puedas volver a ti.