“Quiero ir, Liz, pero ¿qué pasa si llego a un taller y no sé qué decir?” Me lo dicen bajito, a veces por mensaje, a veces en la puerta, con la bolsa apretada contra el pecho como si eso las sostuviera. Y detrás de esa pregunta viene otra que duele más: ¿y si lloro, y si me trabo, y si todas las demás parecen saber lo que hacen menos yo?
Si tú también te la has hecho alguna vez y por eso no te has animado, quiero contarte despacio cómo se vive un encuentro conmigo. No para convencerte, sino para que llegues tal como estás, con tu historia, tu silencio y tu intuición, que suele saber el camino antes que la cabeza.
Primero te cuento lo que sí pasa cuando nos sentamos en círculo
Yo vengo de la educación y de la psicoterapia Gestalt, pero aquí no vas a encontrar un consultorio frío ni un pizarrón con teoría. Lo que hacemos en los talleres de crecimiento personal se parece más a sentarnos juntas a respirar y a mirarnos por dentro sin prisa.
Te comparto cómo lo vivimos, paso a paso, para que tu corazón se quede tranquilo:
- Llegas y te acomodas. No hay lugares asignados ni primeras filas. Eliges tu silla, dejas tu bolsa, te ofrezco un vaso de agua. Nada urge.
- Empezamos con una pausa. Cerramos los ojos un momento, sentimos la respiración, volvemos al cuerpo. A veces hago una pequeña meditación para aterrizar. No tienes que “saber meditar”, solo dejarte guiar.
- Pongo una intención. Hablo un poco desde lo que he vivido o desde lo que he acompañado en otras mujeres. Nombro el tema del día: soltar la culpa, escuchar a tu divinidad interior, honrar un cambio, abrirte a la abundancia.
- La palabra circula. Quien quiere, comparte. Quien no, escucha. El silencio también es participación y aquí se respeta. Nadie interrumpe, nadie aconseja sin permiso, nadie te dice lo que deberías sentir.
- Hacemos un ejercicio sencillo. Puede ser escribir una carta que no se envía, ponerle nombre a una emoción, mover suavemente el cuerpo, colocar las manos en el corazón. Todo es invitación, nunca exigencia.
- Cerramos con gratitud. Respiramos juntas, agradecemos lo compartido y te llevas una frase o una imagen para acompañar tu semana y cuidar tu bienestar.
Yo sostengo el espacio, pero el trabajo lo hace tu propio potencial. Mi tarea es cuidarlo, ponerle palabras simples a lo que va saliendo y recordarte que no estás sola en lo que sientes.
Lo que nunca te voy a pedir
Quiero decírtelo claro porque este miedo frena a muchas mujeres que podrían recibir mucho:
No tienes que hablar bonito, ni llorar de cierta manera, ni contar toda tu historia. No tienes que tener experiencia en mindfulness, ni en cábala, ni en terapia. No tienes que llegar “trabajada”, ni tranquila, ni con fe. Puedes llegar enojada, cansada, escéptica, con el corazón arrugado. Aquí todo eso cabe.
Hace tiempo acompañé a una mujer que no dijo una sola palabra en todo su primer encuentro. Lloró en silencio casi una hora, con su pañuelo en la mano. Al final solo me abrazó y me dijo: “Gracias por no preguntarme nada”. Meses después me contó que esa tarde había sentido, por primera vez en mucho tiempo, conexión consigo misma. La sanación a veces empieza así, sin discurso, solo dejándote estar.
Si hablar en grupo te cuesta, también puedes participar escribiendo. Muchas se expresan mejor en papel. Lo que escribes es tuyo, no se califica ni se lee en voz alta si tú no quieres.
El espacio también abraza
Algo que cuido mucho es el lugar donde nos reunimos. La luz suave, las sillas en círculo para vernos a los ojos, un aroma rico, un cuarzo al centro, música bajita. Nada es adorno: cuando el cuerpo se siente seguro, el alma se abre más fácil y se anima el propósito que cada una trae.
Quienes se dedican al desarrollo inmobiliario lo saben bien: un espacio bien pensado cambia cómo te sientes dentro de él. Lo he visto, por ejemplo, en el trabajo de SG22, donde cada proyecto cuida la luz y los materiales para crear ambientes que sostienen. En un encuentro pasa igual, solo que aquí lo que queremos sostener es tu mundo interior mientras respiras, recuerdas y te reencuentras.
Por eso, si vienes por primera vez, te invito a llegar unos minutos antes. Toca la silla, mira el salón, toma agua, saluda sin prisa. Deja que tu cuerpo reconozca que este es un lugar amable. Tu intuición te va a decir si es tu momento.
¿Y si lloro o me conmuevo frente a otras?
Esta es la pregunta que casi nadie hace en voz alta y casi todas traen guardada. Te la respondo como te lo diría de frente, tomándote las manos:
Aquí llorar no interrumpe. No apenamos a nadie, no corremos a “arreglar” el llanto. Si lloras, te acompaño con la mirada, te acerco un pañuelo, respiramos juntas. Muchas veces otra compañera llora contigo porque tu lágrima nombró algo suyo. Eso no es vergüenza, es hermandad.
En la visión que a mí me sostiene, que mezcla psicología, metafísica y mindfulness, las emociones no son un problema a resolver sino mensajes de tu interior. El enojo te habla de un límite, la tristeza de una pérdida que necesita abrazo, el miedo de algo valioso que quieres cuidar. No lasanalizamos con jerga, solo las escuchamos con respeto.
Si aún dudas, puedes empezar por aquí
No todas llegan primero a un taller. A veces el primer paso es más íntimo. Si así eres tú, te sugiero dos caminos suaves:
Leer despacio mi libro de Liz Laniado. Lo escribí desde mis propias experiencias de vida, no desde la teoría. Muchas lectoras me dicen que lo subrayan, que lloran en un capítulo y sonríen en otro, y que sienten que les hablo al oído. Puedes leerlo en tu cama, a tu ritmo, y dejar que te acompañe antes de animarte a un encuentro.
Y cuando quieras, asomarte a un encuentro breve o a una meditación guiada, sin compromiso de hablar. Ven a escuchar, a respirar, a ver cómo nos tratamos. Con una vez basta para que tu cuerpo sepa si este es un lugar para ti.
Algunas mujeres también se llevan un objeto pequeño que les recuerda lo vivido. En la tienda tengo cuarzos y piedras que muchas eligen por intuición y guardan en su bolsa o en su buró como ancla de su intención. No es obligatorio ni es lo central, pero si algo te llama, escúchalo.
Así que vuelvo a tu pregunta del inicio: ¿qué pasa si llegas y no sabes qué decir? No pasa nada que tengamos que arreglar. Pasa lo más bonito: te sientas, respiras, escuchas, y poco a poco tu voz interior empieza a hablar bajito. Yo estoy ahí para sostenerte, y el círculo está ahí para recordarte que tu historia, contada o en silencio, también ilumina.
Cuando sea tu momento, te espero. Llega como estás. Yo te recibo con el corazón abierto.