La taza ya estaba fría entre las manos y ni cuenta me había dado. Mi amiga había llegado a la casa a platicarme de un enredo con su hija, de esos que te aprietan el pecho, y entre una cosa y otra nos quedamos en la cocina más de una hora. Ya habíamos llorado un poquito, ya nos habíamos reído, y de pronto me miró y me dijo, así directo: oye, Liz, lo que tú haces, ¿es terapia o qué es?

Me reí, porque me agarró con la guardia baja. Le dije espérame, déjame caliento el té y te contesto bien. Y mientras se calentaba el agua me quedé pensando que no era la primera vez que me lo preguntan así, en confianza, sin solemnidad. Como si necesitaran ponerle nombre a lo que se siente cuando alguien te escucha de verdad.

Hay dolores que necesitan ser mirados, no arreglados

Le dije lo que te digo a ti ahora. Hay momentos en la vida en los que no buscas que te expliquen nada, ni que te digan qué hacer. Solo necesitas un espacio donde puedas decir lo que traes sin acomodarlo para que suene bonito. Eso, para mí, es acompañar.

Acompañar es quedarme contigo mientras miras lo que duele. No me adelanto, no te jalo, no te suelto una receta. Te sostengo con presencia, te hago preguntas que te ayudan a escucharte, y confío en tu divinidad interior aunque tú en ese momento no la veas. Muchas veces salimos de ahí con más claridad, con el corazón menos apretado, con una intuición un poco más audible. No porque yo te haya arreglado nada, sino porque pudiste estar contigo sin huir.

Hay otras veces en las que el nudo regresa y regresa. El mismo miedo, la misma reacción con tu pareja, el mismo llanto atorado desde hace años. Ahí ya no basta con desahogarse una tarde. Ahí necesitamos un proceso, con continuidad, con un encuadre que nos cuide a las dos.

Lo que pasa en un proceso, dicho en palabras sencillas

Yo me formé como psicoterapeuta y con los años fui integrando lo que la vida me fue enseñando. A eso, en palabras sencillas, le llamamos psicoterapia Gestalt: una manera de trabajar en el aquí y en el ahora.

No se trata de pasarnos horas analizando el pasado como si fuera un rompecabezas. Se trata de darnos cuenta de qué te pasa ahorita cuando hablas de aquello. Cómo se te cierra la garganta, cómo aguantas la respiración, qué te dices por dentro mientras me lo cuentas. El cuerpo habla antes que la historia, y cuando lo escuchamos, algo se acomoda.

Te pongo un ejemplo de los que veo seguido. Llega alguien y me dice: me siento culpable por todo. Empezamos a mirar juntas ese todo. ¿Cuándo aparece? ¿Con quién sí y con quién no? ¿Qué haces justo antes de sentirte así? Poco a poco vamos descubriendo que no es todo, que hay matices, que hay una niña interior que aprendió a portarse bien para que la quisieran. Nombrarlo en presente, sentirlo en el cuerpo, llorarlo si hace falta, le devuelve a la persona su potencial propio. Ya no es “estoy mal”, es “esto me pasa y puedo hacerme cargo con cariño”.

Ese es el corazón del trabajo: darte cuenta, hacerte responsable sin culparte, y elegir distinto desde un lugar más libre. Sin prisa, sin exigirte sanación de un día para otro. La sanación, cuando llega, llega como fruto, no como exigencia.

¿Y dónde entra lo espiritual?

Mi amiga me volvió a preguntar, ya con el té caliente: ¿y entonces dónde entra Dios, la energía, todo eso que tú haces?

Le dije que para mí no están separados. Puedo estar escuchando tu respiración, ayudándote a ponerle nombre a tu emoción, y al mismo tiempo sostener en silencio una conexión con algo más grande que nos sostiene a las dos. A veces rezamos juntas, a veces ponemos las manos en el corazón, a veces solo hacemos silencio. Yo lo vivo como volver a tu centro, a ese lugar donde vive tu propósito y tu bienestar.

Cuando unimos ese trabajo psicológico con la dimensión espiritual surge lo que llamo terapia energética: no porque te pase corriente ni nada raro, sino porque atendemos al mismo tiempo tu emoción, tu cuerpo y tu energía. Tu enojo también cansa tu espalda. Tu tristeza también te baja la pila. Tu susto también te deja temblando por dentro. Si solo hablamos de la idea y no tocamos lo que el cuerpo carga, el alivio dura poquito.

Cómo saber qué necesitas tú ahorita

No hay una respuesta que sirva para todas. Pero te comparto cómo lo miro yo cuando alguien me busca:

Mi amiga se quedó callada un rato. Luego me dijo: creo que yo ahorita solo necesitaba que me escucharas sin decirme qué hacer con mi hija. Y tenía razón. Su intuición ya sabía por dónde. Yo solo le había ayudado a oírla.

Lo que nunca va a pasar en mi espacio

Quiero decírtelo claro, como se lo dije a ella. Aquí no te voy a diagnosticar por lo que me cuentas en un café, ni te voy a decir que estás mal, ni te voy a prometer que en tantas sesiones vas a estar bien. No trabajo así.

Lo que sí te ofrezco es un lugar donde puedes llegar como vienes. Si lloras, lloramos. Si te ríes en medio del llanto, nos reímos también. Si necesitas silencio, hacemos silencio. Y si en el camino descubrimos que lo tuyo pide un proceso más profundo de psicoterapia Gestalt, te lo voy a decir con honestidad y caminamos juntas esa parte.

Al final, mi amiga se llevó su taza vacía y me abrazó en la puerta. Me dijo gracias, y yo le dije gracias a ella, porque su pregunta me recordó por qué hago lo que hago. No para ponerle etiquetas a tu dolor, sino para ayudarte a volver a ti, a tu conexión, a tu abundancia interior que a veces se te olvida que tienes.

Si estás en un momento así, revuelto o cansado, date permiso de empezar por lo simple: siéntense, respiren, cuéntenle a alguien de confianza lo que traen sin adornarlo. Y si sientes que necesitas que alguien te sostenga mientras lo miras, aquí estoy. Sin prisa, sin juicio, a tu ritmo.

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